domingo, 7 de junio de 2009

Capítulo 3.

Estuve un largo rato así, mirando la ventana, hasta que me dio hambre y me fui para la cocina a prepararme un sándwich. La verdad es que estar sola tenía sus ventajas, por ejemplo, no tenía que cocinar. Ya que cuando estaban mis hermanas yo era la que cocinaba, en cambio, ahora podía comer lo que yo quiera, sin pensar en los otros.
Escuché el ruido de la cerradura así que supuse que Yvonne había llegado del colegio, pero de seguro solo había venido a dejar la mochila porque se iba a ir a algún lado, como todos los días. Para mi sorpresa, me equivoqué. Ella llegó con una mirada triste que escondían muchas lágrimas. Trataba a toda costa de esconder su cara, sabía muy bien que yo reconocía fácilmente los estados de ánimo de los demás. Sin embargo no lo logró, y cuando ví aquella mirada, no pude hacer menos que sorprenderme ¿Qué le decía? ¡Nunca me había encontrado en una situación como esa!
Yvonne me sonrió como si nada pasara y me dijo que si podía le preparara un sándwich a ella también.
Las dos nos sentamos a comer en silencio, yo no pensaba hablar, y tampoco esperaba que Yvonne tomara la iniciativa, sin embargo, lo hizo:
- ¿Y como te fue en el cole?
- Bi.. bien. – Era rarísimo que me lo preguntara, ya que siempre estaba ocupada hablando por teléfono, saliendo con sus amigas o haciendo tareas. Estaba siempre tan ocupada que no tenía ni un segundo para charlar conmigo. Aún así yo no la calificaba de egoísta, es más, admiraba su manera tan despreocupada sobre todo.
Antes de que me diera cuenta le había preguntado la típica “¿Y vos?”. Ella no titubeó ni un segundo, ni se puso nerviosa ni nada por el estilo, es más, dijo un “Bien” tan cierto que hasta casi me la creo.
Las dos nuevamente nos quedamos mudas y pareció que nuestra pequeña charla había terminado ahí. Me dediqué a mirarla mientras comía.
¡Es tan hermosa! Con unos ojos enormes color verde, nariz respingada y unos labios perfectos. Y su piel tan pálida parecía una gema valiosa, suave y excéntrica, única y buscada.
Ella se dio cuenta de mi desubicada manera de mirarla, se rió y me dijo burlona:
- ¿Qué? ¿Tengo monos en la cara?
- No, es que sos muy bonita. – Dije sin darme cuenta.
Yvonne pareció sorprenderse por mi respuesta, y se rió algo nerviosa. Y me contestó:
- ¿En serio? ¡Mira vos! Y yo que creía que vos eras la bonita de la familia.
- ¿Yo? ¿De donde sacaste tan estúpida idea?
- Bueno bueno che, hay que levantar el autoestima me parece…
Yo me reí ante su comentario, no es que tuviera el autoestima baja, si no que todo el mundo sabía que Yvonne era MUY bonita, y si nos comparaban a las dos, definitivamente ella ganaba, y mas a mí que no tenía nada en especial.
- No, solo que vos definitivamente sos la mas linda. Todos lo saben.
- No, no ¡Mirate! ¡Sos preciosa! Con esos rulos negros y cejas tan salvajes.
Me reí nuevamente ¡Hacía que mis rasgos mas feos se conviertan en los mas lindos! Yo que siempre ansiaba tener el pelo liso y odiaba mis cejas porque parecían una selva.
- Si para vos están así, urgentemente tenes que ir al oculista.
- ¡Bueno! ¡Con vos es imposible Tabitha! – Y echo a reír.
Entonces las dos comenzamos a decirnos lo que la otra siempre consideró sus rasgos malos convirtiéndolos en los mejores. Acabamos luego de un rato, entre risas y sintiéndonos las mas bellas.
De las mejillas de Yvonne comenzaron a caer lágrimas de lo que yo consideré de risa, hasta que sus carcajadas comenzaron a bajar de tono hasta convertirse en sollozos.
Era imposible escapar, estaba llorando ¿Que le decía? Sabía bien que preguntandole que le pasa solo empeoraría las cosas, asi que le puse mi mano sobre el hombro tratando de calmarla.
Estuvimos un largo rato así, ella sollozando y yo con mi mano en su hombro y diciendo “ya, ya” dulcemente. Yvonne por primera vez desde que comenzó a llorar, me miró con sus enormes ojos verdes, ahora totalmente hinchados y rojos y me abrazó.
Al abrazarme comenzó a llorar más fuerte y yo la verdad, también quería llorar, me ponía muy mal verla así.
Cuando vi que se había calmado bastante, me levanté y le dí un vaso de agua. Se lo tomó todo de un tirón. Me miró y se dio cuenta de mis ojos llenos de intriga, pero no me dijo nada.
Perdoname, comenzó a decir.
- ¿Perdonarte porqué? – Dije yo molesta.
- No se, no tenías porque verme así… de esta manera...
- ¿Qué tiene de malo? Somos hermanas y…
- Si, ya se, solo que odio que me vean llorar, además esto te debe haber puesto bastante incomoda.
- No, para nada. – Mentí yo, solo que soy muy mala mintiendo y Yvonne me lanzó una mirada como diciendo “vamos, no me engañes a mi”. – Bueno, si, me incomodo un poco, pero a todos nos incomoda ver a los demás llorar y no tiene porque ponerte mal el echo de haber soltado lo que sentías.
Ella solo me contestó con una sonrisa y se dispuso a levantarse, al darme cuenta de que no me iba a contar el por qué de su llanto agregué:
- Cuando quieras hablar, decime.
Ella se dio vuelta y me sonrió tristemente y se marchó a su habitación, probablemente a llorar tranquila.
Me quedé sola en la cocina y miré la hora ¡Las 16:40! Tenía que ir a buscar a Bahía, así que busqué la llave, la puse en la cerradura y cerré la puerta dejando atrás la tristeza de mi hermana.

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