Un “tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” insoportable me despertó, le pegué un manotazo al despertador para que se calle de una vez. Pero no. No se callaba el muy maldito porque parece que no lo apretaba correctamente, así q le pegué un segundo manotazo mas fuerte que el anterior que hizo que se cayera al suelo y se salieran las pilas ¡Que mas da! ¡Por lo menos se calló!
Me refregué los ojos tratando de ver mejor, ya que veía todo borroso porque aun estaba dormida y traté de recordar mi sueño. No podía recordarlo muy bien, solo una imagen borrosa, como mi vista. Una imagen de una mujer con unos ojos grises curiosos, con cierta picardía y calidez. Una melena negra como la noche con un brillo en su pelo que hacía acordar a las estrellas. Una sonrisa blanca. Pero más que nada, unos ojos grises que mostraban calidez, eso era lo más raro.
No pude evitar comparar los ojos de esta mujer con los de mi padre. Un gris frío e intimidante. Tal vez por eso era que me costaba tanto pensar en unos ojos grises calidos, estaba tan acostumbrada a esa mirada calculadora que se me hacia difícil pensar en una totalmente distinta ¿Cómo será esa mirada enojada? La de mi papá es horrible, como si te pegara con la mirada. Odiaba esa mirada, la odiaba como tantas cosas en mi vida ¡Había tantas cosas que me gustaría cambiar! De repente me puse triste ¡Otra cosa mas que odiaba! Siempre que pensaba algo bueno, me acordaba de algo malo.
Hay veces que me gustaría perder la memoria y olvidarme de todo mi pasado. Me ponía muy mal acordarme de él. De las veces que me quedaba sola en casa cuando era chiquita. De que siempre mi papá tenía que trabajar en el día del padre, entonces yo lo esperaba despierta hasta que el viniera y cuando llegaba, yo iba corriendo a su encuentro con un gran abrazo y dándole su regalo. Pero a él parecía no importarle, me decía que estaba muy cansado y que a la mañana lo abriría, sin siquiera un “gracias”.
Del día de la madre, en el que pasaba encerrada en casa pensando en como sería mi vida si ella estuviera a mi lado. Seguramente mucho mejor de lo que es, estoy segura de que estaría espantada si viera como la estoy pasando.
De que todos los días guardaba la esperanza de que mi papá alguna vez en su vida se diera cuenta de mi presencia, hasta que me di cuenta de que eso jamás pasaría. Yo no podía hacer nada para que me dedicara una sonrisa, un tiempo o un abrazo. Lo había intentado todo. Pero nada funcionaba: le hacía tarjetas, regalos, le contaba chistes, le recordaba constantemente cuanto lo quería, pero él nada.
Cerré mis ojos lentamente y traté de pensar en otra cosa, los abrí y me levanté. Me dirigí hacia la cocina donde estaban mi hermana mayor Yvonne, mi hermanita Bahía y mi papá. Amaba las mañanas, porque estábamos los cuatro por única vez en el día.
Yvonne estaba con el celular, seguramente mandando mensajes, Bahía comía cereales mientras jugaba a los juegos de la caja y mi papá leía el diario. Es decir, una mañana como cualquier otra. Me senté en mi lugar de siempre, me preparé el te y busque el pan y la mermelada para desayunar. Comía mientras miraba el vacío y pensaba, es decir, lo que hacia todas las mañanas. Todo estaba demasiado silencioso, como siempre. Para sacar conversación le comenté a mi papá que hoy posiblemente salía temprano porque la profesora de lengua tenía anginas. “Mmhhaaha” me contestó.
Él no era el tipo de padre que decía “no andes hasta tarde” o “Avisame cuando vuelvas”. No, yo podía volver a la hora que se me daba la gana porque el nunca estaba en casa para ver si llegaba temprano, y si lo estaba, no me daba bola, lo que era peor.
Yvonne interrumpió mis tristes pensamientos mirando la hora y diciendo “¡Que tarde se me hizo!” con todo de alarma. Se levantó estrepitosamente, buscó la mochila y cerró la puerta haciendo que todas las ventanas se movieran, como saludo. Así era ella. Estrepitosa, quiera o no, siempre llamaba la atención.
Para mi sorpresa, mi papá no se molestó por la torpeza de mi hermana, es más, miró el reloj, luego a Bahía y a mí y nos dijo:
- ¿Chicas no es hora de que se vayan?
Me este echando, pensé yo, pero no le dije nada. Agarré a Bahía de la mano y le dije que vaya a prepararse rápido así no llegábamos tarde. Ella me sonrío, siempre tan adorable, y se fue corriendo hacia su habitación. Yo me dirigí a la mía para sacarme mi piyama para ponerme el uniforme del colegio.
Cuando estuvimos listas agarramos nuestras mochilas y dije con tono frío y distante “Chau pa”. Mi hermana se acercó corriendo, le dio un beso en la mejilla y le dijo “Chau papi”, a lo que mi papá solo dijo “Chau chicas”.
Yo no pude evitar pensar en que la pobre pasaría lo mismo que yo, tendría la misma esperanza todos los días, hasta que crezca y se diera cuenta que él nunca iba a cambiar.
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